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DISEÑO EN PUENTES

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Referencia: Código 8850


DESCRIPCIÓN:

Septiembre de 2020  -  José Romo..  -  Refª 8850

CONTENIDO:

José Romo y otros

Septiembre de 2020       Páginas: 272  Tapadura con sobrecubierta

Código 8850      ISBN/EAN: 9788438005422

CONTENIDO: El diseño tiene un valor cultural indudable así como un prestigio social reconocido. La acción de diseñar es propia de muchas actividades, entre las que se incluye evidentemente la ingeniería. El diseño constituye la punta de lanza de una tecnología humanizada que busca, no solamente crear productos que sean útiles a la sociedad, sino que además tengan un valor formal que haga más agradable su uso. Ese valor añadido, que podemos ver en algunos puentes, y que va más allá de lo técnico, de lo económico y hasta del propio valor de uso, permite que estas obras pasen a formar parte de un patrimonio que la sociedad aprecia y tiene interés en conservar. El ciclo de sesiones dedicadas al “Diseño en Puentes”, que se resume en este libro, pretende difundir el pensamiento y la obra de un grupo de notables proyectistas y especialistas en el tema. Ellos son y van a ser sin duda la vanguardia de una forma integral de diseñar puentes que es, por otra parte, una de las señas de identidad de la ingeniería estructural española. Todos ellos son grandes embajadores del diseño aplicado a la ingeniería de puentes. El diseño de calidad que ellos desarrollan ayuda a que la ingeniería sea de una vez reconocida como una más de las múltiples expresiones de la cultura de nuestra sociedad.

Presentación

Arcadio Gil

CEO LaSBA
Presidente Comité Técnico de Ciudades, Territorio y Cultura CICCP

Fue el 29 octubre de 2019, terminada una de las sesiones de Diálogos Compartidos entre la Arquitectura y la Ingeniería que hemos organizado durante estos dos últimos años, cuando, en el vino posterior, me planteó Jose Romo su idea de poder organizar en el Colegio un ciclo sobre diseño de puentes. Ciclo, me explicó, en el que podríamos dar entrada y voz, no ya a los acreditados ingenieros que han estado en boca de todos a lo largo de estos últimos años, los venerados Javier Manterola, Julio Martínez Calzón, Leonardo Fernández Troyano, y otros, sino a la nueva generación que había crecido a su estela, y que eran, a pesar de la brillantez de sus realizaciones, poco conocidos, ni del público en general, ni tan siquiera de no pocos de sus propios compañeros de profesión.

Había conocido previamente a Jose en abril de ese mismo año, en otra de las conferencias del ciclo de Diálogos, y habíamos concertado una nueva sesión en la que él intervendría en su papel del ingeniero, y uno de los arquitectos con los que Fhecor colabora habitualmente, sería su pareja. Fue Juan Laguna, de Rogers Stir, el finalmente elegido, y la colaboración en las fases iniciales de los concursos, el eje principal de su intervención compartida. La sesión se celebró el 19 septiembre y pudimos en ella saborear la complicidad que se desarrolló al calor de su diálogo, al igual que sucedió con la otra pareja, Federico Soriano y Alejandro Bernabéu, en una de las sesiones que habían atraído más interés.

Hubo en aquella conversación de finales de octubre dos aspectos en la propuesta que me resultaron muy atractivos de manera inmediata.

El primero era la cuestión del diseño. A caballo de la técnica y de la cultura, de la ingeniería y del arte, el diseño es una cuestión capital en cualquier avance de realización en la sociedad hoy. Diseño industrial, diseño arquitectónico, diseño gráfico, diseño literario, diseño de moda, diseño escenográfico, y, por supuesto, diseño ingenieril. Ya había estado personalmente muy interesado en la aproximación que el Colegio había hecho meses atrás con Modesto Batlle y la revista Cuadernos de Diseño, iniciativa interesantísima y prácticamente aislada en el entorno de la ingeniería civil. E iniciativa que, por cierto, deberá ser alentada, de una manera u otra, por el colectivo bajo una forma más institucional y desde ámbitos más corporativos. El ciclo iba, pues, a exponer diseño de puentes.

El segundo aspecto era el de la identificación del posible ciclo en personas concretas, en ingenieros con nombre y apellidos, en la individualización que tanto nos cuesta a los ingenieros asumir. Ya se ha dicho que algo nos siembran en las Escuelas que nos hace propensos al trabajo en equipo, al esfuerzo multidisciplinar, a la dirección de orquesta, más que al desempeño individual del solista protagonista. Cierto es que una cosa no debería impedir la otra, pero la realidad es que el autor de un proyecto o de una obra de ingeniería suele aparecer oculto tras las señas de una empresa o del simple anonimato. Es la recurrente cuestión de por qué los edificios tienen siempre un nombre y unos apellidos asociados de quien los proyectó, y por qué un puente, un túnel, una presa, un dique, un depósito o un faro no tienen autor identificado. El ciclo iba a girar, pues, sobre diseñadores de puentes, y no sobre las empresas que les apoyan.

Me he convencido de que mucho se puede hacer desde el Colegio de Ingenieros de Caminos en las dos líneas apuntadas. Y era ésta de José Romo una ocasión única que podía perseguir ambos objetivos: promocionar el diseño como parámetro clave en el proyecto y construcción de la obra pública, y promover la identificación y adscripción de un nombre propio a las realizaciones de la ingeniería civil.

La propuesta conjugaba pues muchos puntos de interés. Debidamente articulada, nos permitiría dar continuidad a algunas iniciativas anteriores que habían perseguido al menos uno de estos objetivos: la reclamación del Patrimonio Cultural de la Obra Pública, la señalización de las obras en carreteras, las placas o centros de interpretación en las más singulares, el Premio Fernández Casado, la aplicación Going, etc. Son, creo, buenas noticas que estos desafíos se hayan ya puesto definitivamente sobre la mesa de nuestra profesión, y que, como realmente creo, hayan llegado para quedarse. El Colegio tendrá que empujar definitivamente y con determinación la continuidad de estas gestiones e iniciativas.

Había un tercer elemento de interés que se hacía más evidente conforme desgranábamos los primeros nombre de esos ingenieros: el factor internacional. La tremenda vitalidad de la ingeniería española, siguiendo la expansión internacional de las grandes constructoras españolas, ha propiciado el hecho insólito de que, de manos de ingenieros y estudios españoles, hayan salido espectaculares diseños de puentes en las partes más diversas del mundo, de Rumania a Perú, de Canadá a Inglaterra, de Noruega a Arabia Saudita. Un repaso de sus realizaciones no iba, pues, a constituir solo un recorrido por nuestra geografía más próxima, sino un viaje panorámico por medio mundo.

Volviendo a la conversación inicial con Jose Romo a finales de octubre, el paso siguiente fue decidir el perfil ideal que debíamos buscar en estos diseñadores de puentes. Y en el análisis barajamos denominaciones como jóvenes diseñadores, diseñadores del siglo XXI, diseñadores emergentes, diseñadores de futuro, … Dejamos aparcada la denominación mientras pasamos a conceptualizar el ciclo e identificar y elaborar una lista de posibles candidatos. Serían todos ellos solventes y con carrera profesional acreditada, pero, además, convinimos, deberían todos tener mucho futuro por delante para poder seguir creciendo como proyectistas de puentes.

Atento siempre el Comité Técnico de Ciudades Territorio y Cultura a las iniciativas que van surgiendo, llevé a su siguiente reunión, el 3 diciembre, un borrador del ciclo que muy acertadamente había redactado Jose. De sus posibles cuatro sesiones en las semanas centrales del primer trimestre del año, surgió el nombre del ciclo: Puentes 2020. Y, cómo no podía ser de otra manera, el Comité valoró con enorme interés la iniciativa, y se aprobó la puesta en marcha de su celebración. A partir de allí, comenzaron a concretarse ya algunos nombres, y Jose se encargó, con su extenso conocimiento, de ir configurando unas listas iniciales de ponentes. Me tocó contrastarlas con los grandes, recuerdo con cariño la visita al estudio de Javier Manterola y el repaso que allí hicimos de la que no era entonces más que una primera lista tentativa. Y hablé con Paco Millanes, y con MC2.

Con las aportaciones de unos y otros fue surgiendo la lista definitiva, y Jose se encargó de ir llamando uno a uno para explicarles el proyecto, y sondear su posible interés en participar en el proyecto. Por mi parte fuimos buscando fechas libres en el Auditorio Bethancourt sabiendo que no podíamos ir más allá de mediados de marzo, para cuando se preveía el inicio de la campaña electoral de las ya anunciadas próximas elecciones del Colegio. Y poca discusión se suscitó a la hora de identificar quienes podían ser los moderadores más indicados, los Ignacio Payá, Carlos Nardiz, Pilar Crespo, y Jose Antonio Martín Caro quedaron rápidamente confirmados.

Me sorprendió en el balance ya final de la lista elaborada la muy numerosa presencia de ingenieros e ingenierías repartidas por España, mientras que tan solo unos cuantos de los seleccionados residen en Madrid. Esto también me permite pensar que el futuro avanza inexorablemente hacia la despolarización de la buena ejecución de los proyectos. Los avances tecnológicos, con la digitalización en primer lugar, permiten alejarse de la centralidad informativa y de documentación. La ubicación de Escuelas repartidas por toda la geografía también ayuda a que muchos de estos profesionales puedan ser profesores asociados de su materia sin necesariamente vivir en Madrid. Y, por último, la internacionalización antes mencionada deslocaliza al cliente y a la fuente informativa, y, adicionalmente, potencia la figura de un estudio más próximo al territorio y a la dimensión cultural de la obra pública.

El resto ya es historia. Los contenidos del ciclo se hallan ahora recogidos en este magnífico libro, que nació en los mismos albores del proyecto, cuando Jose Romo intuyó que el ciclo iba a brindar una ocasión óptima para una publicación que pusiera en valor de forma permanente la aportación que los 16 proyectistas y sus moderadores iban a realizar. Ya con originales de textos e ilustraciones llegando correctamente elaborados por cada uno de ellos, el cierre del acuerdo para poder incluir la publicación en la colección de Ciencias Humanidades e Ingeniería del Colegio no se ha hecho esperar, y así se ha podido cerrar el remate final de la publicación.

Como colofón, solo resta desear que este impulso que, con el ciclo y el libro, cobra el diseño de puentes, no se detenga aquí, y que, por extensión, el Colegio de Ingenieros de Caminos Canales y Puertos pueda en el futuro, y bajo la nueva Junta de Gobierno que emerja tras las elecciones, seguir potenciando y poniendo en valor, a través de experiencias similares, ciclos de conferencias, convocatoria de premios, oficina de concursos, publicación de libros, etc, tanto el diseño de la obra pública como la firma de autor en las realizaciones de la ingeniería civil. Aquella inquietud que José Romo me desveló en octubre del 2019 habrá conseguido entonces dar el salto de dimensión que merecen las iniciativas visionarias: trascender a su propia realidad.

Prólogo

Juan Antonio Santamera

La tarea del ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, del ingeniero Civil por utilizar el término equívoco  que más circula en los circuitos internacionales, consiste fundamentalmente en la transformación de la superficie terrestre para facilitar la vida humana. Los ingenieros hacemos posibles los diferentes modos del transporte, regulamos los caudales del agua y aseguramos los abastecimientos, organizamos los establecimientos urbanos y les aplicamos las últimas tecnologías para facilitar la convivencia… La lista es larga, prácticamente ilimitada, pero en los diferentes quehaceres prima la funcionalidad: lo característico de nuestra labor no es tanto el cómo cuanto el qué. Lo relevante es dar abrigo y permitir el atraque a un buque, salvar un obstáculo natural para permitir el paso a una carretera o a una línea de ferrocarril, represar el agua para facilitar el consumo humano y/o generar energía eléctrica… El impacto de nuestras obras no es irrelevante pero su finalidad es siempre prosaica. En cualquier caso, nuestras actuaciones inciden en el paisaje. Lo golpean o se acomodan a él, intervienen, lo modulan o lo destruyen. No son las nuestras acciones inocuas: impactan ambientalmente, marcan la naturaleza… y dejan una huella estética que perdurará, que incidirá en la personalidad del entorno, que será admirada o detestada por la otra parte, por la ‘otredad’, por el espectador, que es destinatario y usuario pero también juez, árbitro, génesis de la imagen de la obra en cuestión. El espacio donde se cruzan la naturaleza y la estructura se convierte en lugar. Y “algunas veces —ha escrito Miguel Aguiló en su obra más clásica, ‘El paisaje construido. Una aproximación a la idea de lugar’— lo construido se enlaza mágicamente con su entorno, trasciende su propio uso, y adquiere significados. Y lo que no era sino medio físico presenta nuevos perfiles que importan y conmueven. Esa conjunción de lo natural y lo construido se experimenta como lugar cuando surge la conciencia de los significados allí soldados por el tiempo. Entonces, aquello se entiende de otra manera, produce alegría o tristeza, y se disfruta con plenitud de sentido”. En el mundo complejo de la creatividad del ingeniero destacan unos artefactos singulares, que han enlazado desde la prehistoria con la idea misma de cultura, que son los puentes. Los puentes, que representan la superación de un obstáculo, han sido siempre, son todavía, el alarde técnico más avanzado que cada generación es capaz de realizar: Javier Manterola, uno de los grandes constructores de puentes, ha dejado escrito que “plantear cómo va a resistir, cómo va a salvar 30 metros de luz antes, 300 metros o 3.000 metros en la actualidad, supone estar siempre al límite de lo que somos capaces de resolver”. Y ese alarde técnico tiene un entronque indiscutible con la arquitectura, otro concepto fraternalmente unido a la ingeniería que sin embargo contiene internamente elementos propios, particularmente la estética y el diseño. Una acequia y un pantalán han de ser aseadas y discretas obras funcionales; un puente de gran porte, por definición, ha de ser una construcción magnífica, capaz de obtener el reconocimiento estético de su tiempo y de pasar a la posteridad. La estética es en este caso indisociable de la funcionalidad. Y el diseño ha de responder al doble reto de la resistencia y de la belleza intrínseca. Un campo en el que ineludiblemente entramos en territorios de subjetividad pero en los que hay también anclajes objetivos que trascienden a la coetaneidad e ingresan antes o después en la categoría de lo clásico. La primera cumbre internacional de la comunidad del diseño, que reunió a 22 organizaciones internacionales que representaban a urbanistas profesionales, arquitectos, arquitectos paisajistas y diseñadores de más de 90 países, se celebró octubre de 2017 en Montreal (Canadá) y concluyó con la ratificación de la primera Declaración de Diseño, la  Declaración de Diseño de Montreal, que reconocía la necesidad de un liderazgo estratégico en asuntos de diseño a nivel local, regional, nacional e internacional y la necesidad de modelos de gobernanza, agendas políticas y políticas para tener en cuenta el diseño. En definitiva, enfatizó el papel fundamental y crítico del diseño para crear un mundo que sea ambientalmente sostenible, económicamente viable, socialmente equitativo y culturalmente diverso. En aquella cumbre —lo recuerda José Romo, coordinador de esta obra, en la introducción a este libro— se definió diseño como “el proceso a través del cual se crean los entornos materiales, espaciales, visuales y de experiencia”, al tiempo que “es motor de la innovación, de la competitividad, del crecimiento y desarrollo, de la eficiencia y de la prosperidad”. En principio, puede parecer que diseño, economía y funcionalidad no son términos fácilmente conciliables en materia de puentes. Un puente de gran luz  es tanto más difícil de diseñar, y seguramente tanto más costoso, cuanto menor sea el canto, cuanto más esbelto se quiera proyectar, cuanto más se deje influir la estética. Sin embargo, el verdadero proyectista debe desprenderse de esta ilación argumental porque su trabajo consiste precisamente en combinar a la vez el diseño de una estructura resistente con unos trazos elegantes y armónicos. Manterola lo ha explicado con deslumbrante claridad: una de las características del puente como estructura es “descubrir cómo podemos ir más adelante cuando estamos en el límite de lo que sabemos hacer. Qué material utilizar, cómo ponerlo en situación, en la misma orilla o a 1.000 metros de distancia de ella, sin más ayuda que lo que nosotros hayamos puesto para llegar allí”. sigue diciendo Manterola "está cómo configura y ordena sus partes para que el traspaso de las cargas desde su colocación en un punto hasta su apoyo en la cimentación sea adecuada. Cómo se tensa y se deforma en el hecho de resistir y trasladar. Pero en el mismo pensar lo resistente está cómo materializar la idea del resistir, cómo va resistiendo la estructura mientras se construye”. “A veces pensaba en un puente como un organismo biológico que se va configurando y acaba consiguiendo su forma definitiva al final del proceso. Y no, un puente no es un organismo que crece y se desarrolla; es verdad que crece y se desarrolla hasta alcanzar su forma y resistencia definitivas, pero es porque lo hemos configurado nosotros, así que en su forma final está presente el hecho de pasar del no ser al ser. El proceso constructivo está en la esencia de los puentes, indisociable de qué va a resistir y cómo va a hacerlo” . En definitiva, comparto plenamente las palabras de José Romo cuando dice que "la obligada consideración del puente como una expresión de la cultura material e inmaterial de un tiempo, hace que la valoración de los puentes tenga que realizarse de una forma global. La visión basada en lo funcional y en lo resistente resulta insuficiente para entender la trascendencia cultural de los puentes. Según Christian Menn: “La calidad estética es el componente más importante de la esencia cultural de un puente determinado”. Es por lo tanto básico que el proyecto incorpore esa variable estética o formal, que no tiene por qué repercutir significativamente en el coste de la obra y que sin embargo tiene un valor extraordinario por su impacto en la vida diaria de muchas personas a lo largo de muchas generaciones”. Como presidente saliente del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, después de dos mandatos y ocho enriquecedores años al frente de esta gran institución, me satisface mucho que una de mis ultimas intervenciones oficiales sea escribir estas líneas que prologarán una obra magnífica editada por el propio Colegio que aborda con tanta audacia como sentido de la actualidad una faceta esencial de nuestra profesión. De una carrera antigua y sólida que se nos podría ir de las manos si no fuéramos capaces de continuar claramente y sin vacilaciones al frente de la innovación.

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